BRUSELAS, DONDE RENACE LA ESPERANZA.

Llega la viajera al corazón de Europa con unas jóvenes españolas, una viene en pos de su esposo que lleva trabajando en este país desde hace más de tres años, pues perdió su empresa en España; quiere buscar colegio para sus hijos, pues no puede con tanta lejanía.. La otra, una profesional de alto nivel, que acude a un importante Congreso desde el que piensa promocionarse. Ambas buscan futuro y lo hacen con la esperanza puesta en esta ciudad cosmopolita, que a todos acoge, que todo lo integra. Esperanza que los belgas, aseguran, encontraran todos aquellos que visiten el bosque de Soignes. Un lugar mágico lleno de luz y color en el que se localiza el primer asentamiento neolítico de Europa. Una floresta que recibe su nombre del rio belga Senneo. Situado al sudeste de Bruselas, está formado en un 80% por un hayedo, conocido como HAYEDO CATEDRAL por su semejanza con la forma y la belleza de las catedrales góticas. Más de 5000 hectáreas si se tienen en cuenta otras formaciones boscosas cercanas.

La visitante recorre la frondosidad de la mano de su familia y queda impresionada por la belleza del hayedo cuya forma de arco no deja pasar casi la luz del sol, y juntos, juegan a conocer el nombre de los otros árboles: aquel es un roble y aquellos abedules, no son arces y esos, seguro, son pinos silvestres, dice el más alto y rubio, un belga   que trabaja con éxito en el mundo empresarial. Todos le escuchamos admirados y seguimos sus pasos hasta un paraje mágico. Un lugar que él conocía y que hace poco se descubrió que corresponde al primer asentamiento neolítico conocido de Europa. ¿Por qué dominan de tal manera las hayas? pregunta la viajera y la maravillosa profesora del grupo, explica que es debido precisamente a que  las hojas de esta especie se descomponen muy lentamente después de su caída  y acidifican tanto el suelo que dificultan el desarrollo de otras especies arbóreas.

Y piensa la visitante que siempre se vuelve al punto de partida. Los seres humanos otra vez, 5000 años más tarde, tratan de prosperar y desarrollarse eligiendo, para fundar esta ciudad, que hoy tiene más de un millón de habitantes, el mismo lugar que nuestros antepasados.

Mientras nosotros tratábamos de imaginar  cómo sería el bosque cuando los homínidos del neolítico se asentaron allí y comenzaron a cultivar la tierra, y debatíamos el porqué de elegir aquel lugar y no otro, los niños que correteaban, habían visto una ardilla e insistían en que era la misma que se comía las nueces del nogal de su jardín. Les dijimos que no podía ser, ¿Cómo iba a llegar hasta allí?, de árbol en árbol dijo el mayor, siempre tan listo. Era cierto pues esta urbe está llena de bosques y le sería fácil. Decidieron llevar serrín y maderas para hacerle una madriguera pues va a hacer frio en invierno, aseguraron. Serrín y maderas que se apilaban cuidadosamente en el borde de los caminos y que ponían de manifiesto el esmero con que los bruselenses cuidan lo que tanto aprecian.

Seguimos paseando y escuchando las voces en múltiples idiomas de otros niños y mayores  que, bien a pie, en bicicleta o a caballo, recorren este increíble lugar.

Llaman nuestra atención  unas inmensas setas, que proliferan llenado de magia y color el suelo de la floresta. La mama de los niños impone su cordura y decidimos regresar. Llevamos con nosotros el tronco y el residuo de los cortes, para cobijar a la ardilla robadora de nueces, y barro en los zapatos de unos niños que han pisado algunos charcos.

Volveremos a otros parque los días siguientes, pero ninguno tan grande, ni tan lleno de luz y colorido.

Los amigos y la familia de esta pareja de española y belga, tan común hoy en este país multiracial, dan poca importancia a la frondosidad y belleza de los arboles que pueblan todas las calles de esta ciudad. Ellos que hablan al menos 4 idiomas con fluidez, presumen de cultura, tolerancia y respeto y  también de la Gran Plaza con esa torre que sobresale, esbelta y armoniosa, sobre los tejados. Es cierto, pero a eso hay que añadir –piensa la viajera- los muchos templos que la embellecen y en eso, todos están de acuerdo-su hermosura tiene mucho que ver con el hayedo del bosque de Soignes y la luz que atesora. No es difícil imaginar el sobrecogimiento que esa vista produciría en  los arquitectos del Medioevo, y como tratarían de elevar más y más las iglesias para atrapar esa luz.

Hay muchas más cosas en esta ciudad que la viajera disfruta paseándola, como sus inmensas Sedes donde se legislan las leyes que determinaran nuestra forma de relacionarnos, sus Museos y otros monumentos que hacen de la capital de Europa un lugar siempre sorprendente.

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