Puente de Sopeña

 

Acabo de cumplir 100 años. Soy un joven y esbelto Puente de Hierro: me llaman el “Puente de Sopeña”.

Muchos cepedanos y gentes venidas de otras tierras se han reunido aquí, a mi vera, para felicitarme y compartir esta conmemoración.

Me construyeron para, salvando la corriente del Tuerto, poder llegar por la carretera de Pandorado hasta Asturias y así, ver el mar.

Pandorado, como me ha gustado siempre ese nombre. Como me hubiera gustado conocer ese lugar.

Es verdad que ya no soy el que fui, ni siquiera el rio que ayudaba a cruzar en mi nacimiento, es el mismo.

Recuero otras épocas, sobre todo los primeros años allá por el 1912 cuando venían a verme desde otros lugares. Siempre había admiración en los ojos de los que se detenían a contemplar la esbeltez de mi celosía metálica, las vigas triangulares o los pilares y estribos de hormigón y mampostería.

Esbelto, elegante, seguro, moderno, eso decían de mí y yo me sentía orgulloso.

A veces, incluso venían niños que intentaban trepar por mis columnas, yo me preocupaba a la vez que me alegraban sus risas, pero tengo que reconocer que era un alivio cuando oía la voz del padre: niño bájate de ahí que te puedes caer.

También me enorgullecía cuando Ángel Joaquín Areu, el ingeniero que me construyó, explicaba con detenimiento, el por qué de los materiales empleados, su resistencia y seguridad.

Supe también que tenía varios hermanos, uno aquí cerca, en la Bañeza, otro en Castrocalbón y también en Portugalete. Puentes muy parecidos a mí, algunos, propuestos para ser considerados Patrimonio de la Humanidad o Bien de Interés Cultural.

Recuerdo también con alegría el paso de los cepedanos al mercado de Astorga, serios y taciturnos al venir con sus carros de bueyes, o a caballo, y algo más alegres cuando volvían a casa, sobre todo si habían mercado bien y tomado unas tapas de pulpo con cachelos y una pinta de vino, en el Cubasol. Un bar y casa de comidas de Astorga, donde recalaba cada martes, la mayoría de los habitantes de la comarca.

Después, llegaron los automóviles y comencé a oír algunas protestas, que si era demasiado estrecho, que si no cabían dos coches y menos si venia el autobús de Samuel..

Pasaron los años y la carretera se fue llenando de baches y badenes, estaba tan descuidada como yo; a mis oídos llegó la noticia de que se había solicitado su arreglo en las Cortes de Castilla y León por parte de Victorina Alonso-una Procuradora cepedana. Me alegré, pero, poco después, ella vino a verme un día y a contarme que me querían desmantelar por mor de ese arreglo.

La vi preocupada, como lo estaban los vecinos de estos pueblos cepedanos para quienes yo-y lo digo con orgullo- era un referente. Me sabían seguro y firme cuando venían a la ciudad bimilenaria, me conocían como yo a ellos, y al verlos pasar, sabia de sus penas y también de las alegrías de casamientos y bautizos.

Ese ir y venir nos mantenía secreta y firmemente unidos.

Por eso, los vecinos y el Alcalde, se movilizaron; también lo hicieron la Asociación Cultural Rey Ordoño I, y el Instituto de Cultura Cepedano ICECU. Con todos esos apoyos, la Procuradora de Sueros, Victorina Alonso Fernández, volvió a llevar a las Cortes la propuesta de conservarme.

Fue un gran día cuando se consiguió.

Y aquí estoy, rodeado de álamos y sauces, sereno y firme, escuchando las risas de los niños que juegan a mi vera y viendo como el Tuerto-el rio cepedano- recibe las aguas estacionales y limpias del Argañoso, que traen los secretos y las penas de los vecinos de Maragatería para compartirlos con nosotros, con los habitantes de la Cepeda.

 

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